Quijotada
Salvador segregaba sueños en bandada. Despertaba por la mañana, aunque no despertaba, y cebaba el mate a ciegas, somnoliento, pese a que sus pestañas eran ya dos cortinas corridas que dejaban vislumbrar un verde paisaje.
Con su ovalada calvicie, pómulos como crepé suave, un cuerpo rebasado de historias y de tiempo y manos muy crespadas, abría la puerta de algarrobo y se sentaba junto a ella, sobre una silla antigua y crujiente, a contemplar quién sabe cuántas veces las mismas cuatro esquinas con las mismas personas que siempre asomaban: la vecina de delantal floreado regando las plantas en el balcón del piso segundo, el joven judío que diariamente a las ocho cruzaba Arregui para el lado de Jonte (siempre con tres libros bajo el brazo y un aire sigilosamente extraño... o extrañamente sigiloso), la bella mujer del abogado barriendo la vereda de hojas de otoño con su vestido floreado y pomposo en cada curva...
Cuando yo volvía del colegio, por lo general a las doce del mediodía (menos los viernes, que salía más tarde), giraba la cabeza hacia la puerta de la altura 218 y allí estaba él, tan solo, tan apaciguado; y, con un ademán tan tímido como amable, estechaba su mano y me ofrecía un mate. Yo, con toda la alegría que urgía en mi interior, lo aceptaba gustosa, porque compartir un mate con Salvador era una oportunidad de conectar con esa paz, con esa condescendencia, con esa simple manera de estar acompañada, incluso en el silencio.
"El mundo es uno sólo y está en cada uno", decía, cuando hablaba, mientras sorbía, sorbo tras sorbo, de la bombilla. Si se trataba de un ser terreste, Salvador lo disimulaba bastante. Por lo menos ante a los ojos de una niña, casi adolescente, que andaba en el mundo como un huracán, un huracán veloz e infinito de deseos, gustos, amores y desengaños. Una niña a la que fascinaba todo aún de lo de afuera, los colores, los aromas, las formas; una niña que engullía con los ojos cada cosa que veía, y para la cual ese mundo del que el viejo hablaba, ese "mundo de uno", todavía era un paraíso extraño por conocer.
En cambio, Salvador era distinto: su realidad eran las cuatro esquinas, su silla y su mate. A lo sumo también la mujer del abogado, con apariencia rimbombante y sus flores en otoño. Lo demás circundaba en su pensamiento y lo habitaba. Creía devotamente en una vida idílica, con un cielo sin aviones de guerra y con tranquilos silencios que reemplazaran a todos los clamores, gritos y estruendos.
A veces, en las relaciones, no es tanto la facultad del entendimiento la que nos humaniza, sino la del sobreentendimiento. Nos empeñamos en entender las cosas, en entendernos, cuando la verdad es que, en muchas ocasiones, hay explicaciones indecibles, dilemas indescifrables y hasta respuestas inexistentes, imposibles de arribar claramente la mente, pero capaces de llegar al corazón bien transparentes. Salvador contemplaba el transcurso del tiempo y de la vida mientras se le escapaban los silencios y, cada vez, menos palabras. Yo gustaba de su compañía, pese a que prácticamente no se comunicaba verbalmente, pero algo en su actitud, en su sincero estar, me convencía de que había un secreto, un rastro de historia en su interior que lo invadía. Y así, sin conocer la causa exacta de ese protocolo de paz que implantaba él frente al mundo, llegué a descifrar muy bien la causa de sus guerras y batallas. Tal vez por eso yo disfrutaba de su presencia y él de la mia: gustábamos de remar contra corriente, de implantar la quijotada, de detenernos en el fluir del tiempo unos instantes para decir, sin palabras, lo que de otra forma no puede ser dicho y escuchar, de ahí en más, lo que de otra manera podría escapársenos al oído.
Con su ovalada calvicie, pómulos como crepé suave, un cuerpo rebasado de historias y de tiempo y manos muy crespadas, abría la puerta de algarrobo y se sentaba junto a ella, sobre una silla antigua y crujiente, a contemplar quién sabe cuántas veces las mismas cuatro esquinas con las mismas personas que siempre asomaban: la vecina de delantal floreado regando las plantas en el balcón del piso segundo, el joven judío que diariamente a las ocho cruzaba Arregui para el lado de Jonte (siempre con tres libros bajo el brazo y un aire sigilosamente extraño... o extrañamente sigiloso), la bella mujer del abogado barriendo la vereda de hojas de otoño con su vestido floreado y pomposo en cada curva...
Cuando yo volvía del colegio, por lo general a las doce del mediodía (menos los viernes, que salía más tarde), giraba la cabeza hacia la puerta de la altura 218 y allí estaba él, tan solo, tan apaciguado; y, con un ademán tan tímido como amable, estechaba su mano y me ofrecía un mate. Yo, con toda la alegría que urgía en mi interior, lo aceptaba gustosa, porque compartir un mate con Salvador era una oportunidad de conectar con esa paz, con esa condescendencia, con esa simple manera de estar acompañada, incluso en el silencio.
"El mundo es uno sólo y está en cada uno", decía, cuando hablaba, mientras sorbía, sorbo tras sorbo, de la bombilla. Si se trataba de un ser terreste, Salvador lo disimulaba bastante. Por lo menos ante a los ojos de una niña, casi adolescente, que andaba en el mundo como un huracán, un huracán veloz e infinito de deseos, gustos, amores y desengaños. Una niña a la que fascinaba todo aún de lo de afuera, los colores, los aromas, las formas; una niña que engullía con los ojos cada cosa que veía, y para la cual ese mundo del que el viejo hablaba, ese "mundo de uno", todavía era un paraíso extraño por conocer.
En cambio, Salvador era distinto: su realidad eran las cuatro esquinas, su silla y su mate. A lo sumo también la mujer del abogado, con apariencia rimbombante y sus flores en otoño. Lo demás circundaba en su pensamiento y lo habitaba. Creía devotamente en una vida idílica, con un cielo sin aviones de guerra y con tranquilos silencios que reemplazaran a todos los clamores, gritos y estruendos.
A veces, en las relaciones, no es tanto la facultad del entendimiento la que nos humaniza, sino la del sobreentendimiento. Nos empeñamos en entender las cosas, en entendernos, cuando la verdad es que, en muchas ocasiones, hay explicaciones indecibles, dilemas indescifrables y hasta respuestas inexistentes, imposibles de arribar claramente la mente, pero capaces de llegar al corazón bien transparentes. Salvador contemplaba el transcurso del tiempo y de la vida mientras se le escapaban los silencios y, cada vez, menos palabras. Yo gustaba de su compañía, pese a que prácticamente no se comunicaba verbalmente, pero algo en su actitud, en su sincero estar, me convencía de que había un secreto, un rastro de historia en su interior que lo invadía. Y así, sin conocer la causa exacta de ese protocolo de paz que implantaba él frente al mundo, llegué a descifrar muy bien la causa de sus guerras y batallas. Tal vez por eso yo disfrutaba de su presencia y él de la mia: gustábamos de remar contra corriente, de implantar la quijotada, de detenernos en el fluir del tiempo unos instantes para decir, sin palabras, lo que de otra forma no puede ser dicho y escuchar, de ahí en más, lo que de otra manera podría escapársenos al oído.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home